Querida niña mía, hoy te voy a contar el cuento de Blancanieves, ese que me pides tan a menudo porque tus amiguitas te hablan de él y que a mí no me gusta. Pues eso, ahora me gusta, porque he descubierto que sé contártelo.

“Érase una vez una niña llamada Blancanieves que vivía en un castillo con su padre y su madrastra. La madrastra era vanidosa y adoraba contemplar su propia imagen en el espejo; en todo el reino no había algo más grande que su ego. Blancanieves era, sin embargo, cándida, pura, inocente, modesta: la perfección hecha persona. La madrastra no la soportaba, así que dispuso su ejecución en el bosque. Sin embargo, el siervo encargado de semejante y atroz tarea se apiadó de ella y no la mató, pero le ordenó que desapareciera. Blancanieves vagó por el bosque, perdida, sin rumbo fijo, hasta que encontró una casita con la puerta abierta. Entró y dio de bruces con un salón desordenado. Aburrida y sin saber qué hacer de su vida decidió ponerse manos a la obra y lo limpió y ordenó (por otro lado, Blancanieves no sabía hacer otra cosa ¡sino hacer felices a los demás!). ¡Oh, por fin, había encontrado un lugar donde vivir!
“Pero por la tarde, mientras ella estaba descansando en una cama, llegaron siete enanitos que trabajaban en la mina. Al verla tan sola (¡pobre!) y después de comprobar que les había dejado la casa como los chorros del oro (¡qué bien!), le dejaron que se quedase a vivir con ellos, por supuesto encargándose de las tareas de la casa y de prepararles siempre la comida.
“Un día la madrastra, al preguntarle a su espejo por la más bella del reino, descubrió que Blancanieves no solo estaba viva, sino que encima vivía con los siete enanitos, que la tenían completamente abducida mentalmente. La madrastra se enfadó, ¡y mucho!, y decidió ponerle fin a esa historia. Se disfrazó de viejecita bonachona y fue hasta la casa de los enanitos.
“Llamó a la puerta, que Blancanieves abrió con una gran sonrisa, aunque en el fondo no estaba nada contenta, porque el timbre de la casa la había despertado de su siesta.
Hola, niña. Tengo una cesta de crujientes manzanas, pero mis pobres dientes no pueden masticarlas. Así que he pensado en regalarlas a alguien que pueda comerlas.
¡Oh, gracias! A mí me encantan las manzanas crujientes.
¡Qué bien! Ten, prueba esta y verás qué rica está.
“Lo que no sabía Blancanieves era que las manzanas contenían un soporífero muy fuerte, que la hizo caer inmediatamente en letargo.
“Y así fue como Blancanieves durmió, durmió y no se despertó. Hasta que un día llegó un príncipe azul. Azul, porque de tanto comer gominolas azules se le pusieron los labios azules y pringosos. El príncipe azul la besó en la frente. Con un beso tan, pero tan pegajoso, que la pobre Blancanieves se despertó. Y de muy mal talante, todo hay que decirlo.
BASTA SE ACABÓ. ¡HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO!, gritó Blancanieves, mientras se limpiaba el pringue de la frente.
“Decidió, por fin, que había llegado el momento de vivir su vida. Y aprendió a dejárselos atrás a todos: desde el padre cobardica hasta la madrastra envidiosilla y pelmaza. Desde los enanitos aprovechados hasta el príncipe sobón y pringoso. Los perdonó, pero se los dejó atrás, y no los volvió a ver. Y se perdonó a sí misma, por haber sido tan perfectita, tan blanca, tan pura, y por no haber escuchado a su corazón, al que la perfección le importaba tres pimientos.
“Y ahora dicen que Blancanieves viaja por el mundo, con su maleta pequeña repleta de manzanas crujientes.
Y colorín colorado, esta aventura… ¡ha empezado!